Colombia sacrificará a decenas de hipopótamos invasores descendientes de animales que alguna vez pertenecieron al narcotraficante Pablo Escobar, en una medida controvertida que pone de relieve los crecientes riesgos ambientales y de seguridad pública que plantea la especie décadas después de su introducción en el país sudamericano.
La ministra de Ambiente, Irene Vélez, dijo que las autoridades han aprobado un plan para eliminar hasta 80 animales de una población que se ha extendido por los sistemas fluviales de la cuenca del Magdalena. Funcionarios advierten que, sin una acción decisiva, el número de hipopótamos -estimado hoy en unos 170- podría aumentar hasta 500 para finales de la década, intensificando el daño a los ecosistemas y a las comunidades cercanas.
“Si no hacemos esto, no podremos controlar la población”, afirmó Vélez, al describir la medida como necesaria para preservar la biodiversidad de Colombia y evitar mayores daños a las especies nativas.
Los llamados “hipopótamos de la cocaína” tienen su origen en la década de 1980, cuando Escobar importó cuatro ejemplares a su extensa hacienda Nápoles. Tras su muerte en 1993, los hipopótamos escaparon del cautiverio y comenzaron a reproducirse en estado silvestre. Sin depredadores naturales en Colombia, su número ha crecido rápidamente, expandiéndose mucho más allá del rancho original hacia ríos y humedales.
Los científicos afirman que los animales representan una amenaza ecológica singular. Su tamaño y hábitos de alimentación alteran las riberas y la vegetación, mientras que sus desechos modifican la química del agua, reduciendo los niveles de oxígeno y aumentando la carga de nutrientes. Estos cambios pueden matar peces y plantas acuáticas y amenazar especies como manatíes, nutrias y tortugas que dependen de ecosistemas estables.
Los hipopótamos también han tenido cada vez más contacto con humanos. Las autoridades reportan incidentes en los que los animales han dañado cultivos, causado accidentes de tránsito y atacado embarcaciones o personas, lo que genera preocupación en las comunidades rurales.
Durante más de una década, los gobiernos colombianos han explorado alternativas a matarlos, como la esterilización y la reubicación. Pero ambas estrategias han resultado costosas y logísticamente complejas. Esterilizar a un solo hipopótamo requiere equipo pesado y conlleva riesgos significativos para el personal, mientras que los esfuerzos de reubicación se han estancado porque ningún otro país ha aceptado recibir a los animales.
Un estudio de 2023 estimó que incluso un programa limitado de esterilización y reubicación podría costar entre 1 y 2 millones de dólares y aun así dejar hipopótamos en Colombia durante décadas. Exportar los animales al extranjero podría costar aún más, con algunas estimaciones que alcanzan los 3,5 millones de dólares.
Ante estas limitaciones, el gobierno ha asignado aproximadamente 2 millones de dólares a un programa que combina la eutanasia química y física, junto con la esterilización continua de algunos animales y el monitoreo para identificar a aquellos que representan mayor riesgo.
Incluso algunos expertos que favorecen enfoques no letales reconocen la dificultad de la situación.
“El escenario ideal sería que ningún animal muriera”, dijo el profesor de derecho ambiental Luis Domingo Gómez Maldonado. “Pero la realidad es que, en este punto, no hay otra opción”.
El plan, sin embargo, ha suscitado fuertes críticas de activistas por los derechos de los animales y de algunos políticos, quienes argumentan que los hipopótamos -llevados a Colombia por acciones humanas- no deberían ser sacrificados. La senadora Andrea Padilla calificó la decisión de “cruel”, al señalar que refleja un fracaso en la búsqueda de soluciones más humanas.
El debate pone de relieve una tensión más amplia entre las prioridades de conservación y el bienestar animal en un país que aún lidia con el legado de décadas de conflicto. Aunque los hipopótamos se han convertido en una inesperada atracción turística en algunas zonas, generando beneficios económicos para las comunidades locales, los científicos advierten que su crecimiento sin control podría causar daños ambientales irreversibles.
DW
